Palabra de Nobel
He leído estupendos discursos de aceptación del Nobel de Literatura. Siempre me ha gustado leerlos porque los autores transmiten en ellos vivencias, aspiraciones no cumplidas, hermosas utopías, jirones de su experiencia vital como escritores…García Márquez en 1982 denunció en su discurso la soledad de América Latina desde la época colonial hasta la presente, repasando las luchas (5 guerras y 17 golpes de estado), asesinatos, crímenes, subdesarrollo, represión, desapariciones, y comparando las víctimas en número con capitales de Europa o de Estados Unidos, para terminar declarando que frente a la opresión, el saqueo y el abandono, la respuesta latinoamericana es la VIDA.
Recordó lo que dijo su maestro William Faulkner treinta y dos años antes (en 1950): “Me niego a admitir el fin del hombre”. Y apostó por la creación de una utopía nueva y arrasadora de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Fue el discurso de una voz vehemente y valiente que por América Latina pedía a Europa más comprensión en la ayuda mejor que podía serles prestada, que era revisando a fondo su manera de verles.
William Faulkner pronunció su discurso en 1950. Nuestro mundo acababa prácticamente de salir de una guerra devastadora a escala universal. Nuestra tragedia de hoy —dijo— es un miedo físico general y universal tan largamente padecido, que a duras penas lo podemos soportar. Y añadió “Ya no quedan problemas del espíritu; tan solo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado?”
Nos dejó en su discurso sus impresiones acerca de la escritura… El hombre y la mujer jóvenes han olvidado los problemas del corazón humano, que solos bastarían para producir buena escritura. Deben aprenderlos de nuevo, dejar espacio en su taller para las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales sin las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la piedad, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final del hombre. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre esas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir aligerándole el corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio…
Loables y útiles consejos procedentes de un escritor de su categoría.
***
José Saramago. El más bello discurso que jamás he leído fue el suyo. En 1998.
El comienzo de su discurso nos serviría de entrada para un hermoso cuento: Empieza así: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Nos cuenta que sus abuelos maternos, Jerónimo y Josefa, eran analfabetos uno y otro.
Nos lleva de la mano a través de su discurso por todo el proceso seguido durante su larga vida para aprender a bien escribir, a narrar, y así nos refiere las historias que le contaba su abuelo Jerónimo: “Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba”. Nos dice del abuelo que “era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras”.
Nos habla también de su abuela y nos confiesa que también creía en los sueños y añade que no podía ser de otra forma al comprobar que una noche, sentada a la puerta de su pobre casa, ya muerto el abuelo, dijo: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. Y continúa en su discurso diciendo: “No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida. Su casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ese fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver”.
Es conmovedor conocer las palabras que dedica Saramago a sus abuelos ante un solemne auditorio, todos con esmoquin, señores serios y estirados, en el acto de entrega del Premio Nobel, y comprobar la adoración que sentía por su particular contador de cuentos, por su abuelo.
Así explicó ante todos la génesis de su venida al mundo literario. El discurso continuó concretando cómo habían sido concebidas sus obras principales, sacadas todas a la luz a partir de experiencias vitales personales. Tras la publicación de su primera novela, que no tuvo éxito, y la escritura de una segunda que no fue nunca publicada, estuvo veinte años sin escribir. Le preguntaron por la causa y contestó: “Cuando no se tiene nada que contar, lo mejor es callar”.
Visto en el narrador.es
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- Publicada:
- 06.20.07 / 6pm
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